Filosofía y Neurociencia
- 15 sept 2016
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La filosofía es la reflexión sistemática y rigurosa sobre aquellos aspectos del mundo que históricamente han estimulado en nosotros la duda, el miedo, o la curiosidad. Por ejemplo, los filósofos antiguos se preguntaban por la mejor manera de conducirse en los asuntos públicos, la actitud más digna ante la muerte o la naturaleza última del cosmos. Estos interrogantes no son patrimonio de la filosofía, sino que son compartidos por otros ámbitos de la sociedad y la cultura como la política, la religión y la ciencia. Un producto genuino de esta influencia cultural mutua es la llamada “filosofía de la ciencia”. Como disciplina, la filosofía de la ciencia es una de las maneras en las que se expresa el interés intelectual por la ciencia, su estructura, y su contexto. Enfrentados al problema de procesar una cantidad sobrecogedora de información filosófica y científica, muchos filósofos de la ciencia optan por concentrar su atención y su tiempo en el análisis de una única disciplina científica. La “filosofía de la neurociencia”, un área de la filosofía que lleva sólo una década de vida, es la expresión más reciente de este tipo de enfoque especializado.
Se suele identificar el nacimiento de la neurociencia con la postulación de la doctrina de la neurona como unidad funcional mínima del tejido nervioso, mérito de Ramón y Cajal a comienzos del siglo pasado. Actualmente, la neurociencia presenta un aspecto sumamente interesante para el filósofo de la ciencia: se trata de un campo de investigación científica que progresa en ausencia de un paradigma dominante. Según Thomas Kuhn, en las ciencias “maduras” como la física, la astronomía y la química, la práctica normal del científico consiste básicamente en la especialización de unos pocos principios abstractos y fundamentales que se aceptan de manera relativamente dogmática, p.ej. la segunda ley de Newton en la mecánica clásica o la teoría de la selección natural para la biología evolutiva. Estos principios pueden ser reemplazados eventualmente, mediante una “revolución científica”, pero una comunidad científica nunca vuelve a un estado pre-paradigmático luego de haber estado regida por un paradigma. La neurociencia, en cambio, no posee un principio fundamental que domine todas sus explicaciones, sino que presenta una unidad de “mosaico”. Se trata de una empresa multidisciplinaria en la que confluyen científicos de los más diversos campos, tales como la psicología cognitiva, la neuropsicología, la electrofisiología, la neuroanatomía, la biología molecular, la neurociencia computacional, la etología y la lingüística, entre otros. Cada uno de estos campos posee sus propios esquemas conceptuales, sus propios diseños experimentales, y sus criterios de éxito. ¿Qué es lo que uno a estos científicos, tan distintos en su formación, para considerarlos como “neurocientíficos”? Los une la empresa colectiva de lograr una explicación científica de los diversos fenómenos asociados al funcionamiento del sistema nervioso central. Algunos de estos fenómenos son el procesamiento de la información visual, la formación y consolidación de recuerdos en la memoria, la capacidad para el lenguaje, la capacidad para el razonamiento formal o abstracto, las emociones, y la última frontera del conocimiento: la conciencia. Pero la neurociencia no debería pensarse sólo como una empresa interesada en la explicación. También tiene como objetivo paliar el sufrimiento y, en última instancia, curar los trastornos asociados al funcionamiento del sistema nervioso, como el estrés, el autismo, la esquizofrenia y otras (miles) de patologías.
La filosofía de la neurociencia ha estado dominada, prácticamente desde sus inicios, por una concepción en particular, a saber, el mecanicismo. Los principales representantes de la filosofía mecanicista de la neurociencia son Carl Craver (Washington University, St. Louis), William Bechtel (University of California, San Diego) y Gualtiero Piccinini (University of Missouri, St. Louis). El mecanicismo tiene dos componentes: una idea acerca de qué es la explicación en neurociencia, y una idea acerca de en qué consiste la unidad de esta disciplina. La primera idea mecanicista es la siguiente: la explicación en neurociencia se vehiculiza a través de modelos científicos cuyas variables y relaciones matemáticas representan las partes, las actividades y la organización del mecanismo que, objetivamente, produce el fenómeno que se intenta explicar. Por ejemplo, la explicación de nuestra capacidad para consolidar recuerdos en la memoria involucra un modelo científico que representa la actividad orquestada del hipocampo, la corteza visual y la corteza frontal, por ejemplo. Cada rasgo del mecanismo puede explicarse, a su vez, en distintos niveles. Así, la actividad del hipocampo puede describirse en relación a otras áreas cerebrales, en relación a los tipos de neuronas que lo componen, o en relación a los procesos moleculares que componen esas neuronas. La segunda idea mecanicista es la siguiente: la neurociencia presenta una variedad de programas de investigación interdisciplinarios que están destinados a la explicación de fenómenos particulares de la actividad del sistema nervioso. Por ejemplo, tenemos el programa de explicación de la capacidad de construir un mapa del espacio en el que uno se encuentra, o de la enfermedad de Parkinson. Cada uno de estos programas de investigación está estructurado como un mosaico, en el cual las contribuciones puntuales de los diferentes campos en los diferentes niveles del mecanismo son como teselas (piezas del mosaico) que acotan el espacio de los mecanismos posibles para ese fenómeno. Es importante notar que estas teselas pueden provenir de cualquier campo científico, no hay ninguna prioridad para las contribuciones de las ciencias más “duras”, como la física o la bioquímica. El mecanicismo no es una filosofía reduccionista, que privilegie un nivel fundamental de explicación por sobre los demás.
Tan interesantes como el mecanicismo son sus propias limitaciones o paradojas. La más notable es la siguiente. Durante los últimos cincuenta años, se han acumulado una cantidad casi inimaginable de “teselas” en el mosaico del cerebro y del sistema nervioso. Entendemos bastante bien cómo se comunican las neuronas entre sí, qué tipos de información procesan numerosas áreas del cerebro, como el área V1 de la corteza visual, o la amígdala, qué factores genéticos necesitan expresarse para que establezca un recuerdo, o una nueva conexión neuronal. Entendemos, al menos en parte, el rol que diversos neurotransmisores cumplen en la regulación del estado de ánimo y las emociones. Hemos descubierto varias “marcas” neuronales de la percepción consciente. Sin embargo, muchos científicos se muestran insatisfechos con el hecho de que la acumulación de datos mecanicistas no ha sido acompañada por una mejora proporcional en la comprensión general de los fenómenos cognitivos y conductuales que trata de explicar. Nuestro conocimiento presenta todavía grandes baches respecto de cómo las diferentes piezas de un mosaico mecanicista se integran en un todo coherente. Se suele atribuir a Einstein la idea de que, si no somos capaces de explicar algo de forma simple, entonces todavía no lo hemos entendido lo suficiente. En cualquier caso, parece claro que necesitamos, junto con los modelos mecanicistas, modelos científicos que estén interesados, no tanto en describir las partes del mecanismo y su organización, como en re-describir la función del mecanismo en términos de los principios generales que rigen su diseño. Los recientes avances en neurociencia de sistemas parecen dirigidos en esta dirección. Sobre este tema, sin embargo, nos explayaremos en una próxima ocasión.
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