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VIH/SIDA

  • 26 ago 2016
  • 4 Min. de lectura

En primera persona, Gustavo López, abogado de la organización NEXO, militante histórico de los años noventa, nos cuenta su experiencia como militante y la génesis de la colaboración de los pacientes seropositivos en la descripción de una nueva patología que afectó ostensiblemente a la población gay y travesti.

La aparición del virus de VIH/SIDA provocó algo parecido a una psicosis colectiva, habida cuenta de la avasallante mortalidad que la patología provocaba: era la época de la “peste rosa” que atacaba a los gays (y a las personas trans, que para aquel entonces no eran otra cosa que hombres –gays- que se vestían de mujer). Si bien algunos servicios médicos trataban a personas que vivían con VIH/SIDA (PVVS), lo cierto que el tratamiento (como pacientes) que les daba era estigmatizante y discriminatorio. Las PVVS se morían –aún no habían aparecido los actuales tratamientos antiretrovirales (TARV), y recién se empezaba a entender eso de cómo prevenir las transmisión de infecciones de transmisión sexual. Así fue que las organizaciones de activismo LGBT se encontraron con la necesidad de trabajar en el sentido de educar sobre prevención y tratamiento de VIH/SIDA. Muchas trabajaron en ese sentido. Además, necesitábamos conocer cómo era esta enfermedad.

En el caso de NEXO, la organización donde actualmente coordino el área legal, desde hace 12/13 años, es, acaso, uno de las que más puedo hablar: tiene contacto permanente con la Coordinación SIDA del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con el Centro Nacional de Referencia contra el SIDA (CNRS), con el Ministerio de Salud, hace testeos de VIH, tiene voluntarios capacitados para dar consejería en el tema VIH y otras infecciones de transmisión sexual (ITS). Otras organizaciones, especialmente ATTTA (Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina), también han trabajado mucho en prevención y educación (al igual que, por ejemplo AMMAR, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina). Pero los vínculos colaborativos tardaron en consolidarse.

Podríamos decir que la militancia lgbt que se interesó y trabajó temas de salud ha logrado ocupar un lugar que debió brindar el Estado, pero que no hacía. De haber el Estado cumplido con las obligaciones naturales que prevén las garantías constitucionales, las organizaciones de la sociedad civil (OSC) no habrían sido necesarias. Pero lo fueron y aún lo son. La coordinación de las organizaciones en el tendido de una red colaborativa entre pacientes, familiares de pacientes, militantes, médicos y políticos fue y sigue siendo fundamental.

En principio las organizaciones, que defendían derechos (a la salud entre otros) de personas lgbt, estigmatizadas, ante el advenimiento de una patología que con su nombre ya discriminaba –peste rosa- lo primero fue lograr contactar profesionales, para lograr saber cómo controlar una enfermedad que costó la vida de militantes, cómo enseñar a prevenir la infección, cómo transmitir ese dato a otros/as, muchos pensando “no nos quieren, no nos cuidan, debemos hacerlos nosotros...”. Pero lo cierto es que los profesionales de la salud tampoco sabían cómo hacerlo, actuaban por analogía con otras patologías. Allí comienza el proceso colaborativo, de mutuo aprendizaje. Unos requerían de los otros.

Con el tiempo, la patología novedosa fue transformándose en una infección/enfermedad que era transmisible a todos/as sin importar sexo ni orientación sexual o identidad de género. Además, dejó de ser una enfermedad mortal para transformarse en una patología que podía quedar crónica. Eso provocó un cambio en el modo de mostrarse las organizaciones y las personas. Fue una combinación en la evolución de la sociedad como tal, y nuevos conocimientos médicos/farmacológicos. Entiendo que la dignidad de los/as pacientes hacen que no deban ser (ni sentirse) víctimas de nada.

En ese entonces, fue muy importante la visibilizacion ante la sociedad de personas lgbt (especialmente, gays y trans; en los últimos tiempos, en un mismo colectivo de diversidad sexual se incluyen a las lesbianas y bisexuales, pero en ese entonces no era frecuente su asociación con la enfermedad) que padecían HIV/SIDA explicando que el VIH/SIDA no es exclusivamente una afección de la población con expresiones diversas de su sexualidad. La mayoría eran militantes, y asumían esa visibilización como parte de su trabajo; lo hacían con convicción.

Definitivamente, las organizaciones lgbt junto a otras organizaciones de lucha contra el SIDA (redes de personas que viven con VIH/SIDA, por ejemplo) han tenido una importancia clave como interlocutores válidos en el impulso de políticas de prevención y tratamiento. Puedo decir que aprendimos a autoayudarnos mucho cuando pocos o nadie nos ayudaban.

En muchos casos, muchos de nosotros que trabajamos (algunos casi) cotidianamente con problemas vinculados al VIH/SIDA, vemos que somos personas creíbles, buenos interlocutores aun sobre cuestiones biomédicas, ya que las estudiamos especialmente, en muchos casos, para poder explicarlas y divulgarlas, y defendernos con argumentos, ya que predomina el estigma que logra que las PVVS, y más si son lgbt o usuarios de drogas inyectables, aun con la evolución legal actual en nuestro país. Insisto en un punto: nos constituimos históricamente en un verdadero nexo coordinador entre los pacientes (muchos militantes también vivencian la enfermedad cotidianamente) y los profesionales y funcionarios. Un ejemplo claro lo constituye el Centro de Referencia Nacional de Sida, que incorpora la colaboración de militantes de trayectoria en VIH/ Sida y diversidad sexual o nuestra organización, NEXO, que posee un banco de drogas antirretrovirales propia para asistir en casos puntuales de falta de medicación y evitar la interrupción del tratamiento.

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