Steven Shapin, Nunca pura.
- 18 ago 2016
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Esta obra compila los trabajos producidos alrededor de los últimos cuarenta años de un historiador de la ciencia tan controvertido como de referencia ineludible. El título de este libro de Steven Shapin, Nunca Pura. Estudios históricos de la ciencia como producida por personas con cuerpos, situadas en un tiempo, un espacio, una cultura y una sociedad y que luchan por conseguir credibilidad y autoridad, es el epítome justo de una obra que despliega a lo largo de dos volúmenes la comprensión histórica de la ciencia encarnada. La carnadura de la ciencia se despliega en capas graduales en el interior de una trama que se teje en torno de reflexiones críticas sobre las prácticas discursivas tanto de los historiadores de la ciencia como de los propios científicos.
Shapin visibiliza los protocolos discursivos de la historia frente a la pretendida transparencia del conocimiento del pasado de la ciencia. Las historias de la ciencia, como todas las producciones historiográficas, constituyen actos en los que se disputa qué significa que el conocimiento del pasado sea relevante para el presente. En el caso preciso de la historia de la ciencia, las distintas perspectivas historiográficas disputan cómo delimitar la práctica científica y cómo correr los límites del orden social y del natural en los que vivimos y a los que construimos en nuestro vivir. En esta dirección, Shapin defiende una historia de la ciencia que “ha bajado el tono”, esto significa que se compromete a construir historias sin creer que la ciencia sea única desde un punto de vista epistémico, metodológico o social, sin creer que sea integral y unificada, ni que posea un conjunto de valores especiales y distintos de otras formas culturales, sin creer que sea el producto de genios con inspiraciones extraordinarias y sin creer que sea la única fuerza progresiva de la historia. Si la historia de la ciencia tradicional nos sitúa cercanos a las tradiciones científicas del pasado para que podemos sentirnos miembros y herederos de ellas, Shapin busca provocarnos un gesto de extrañeza frente a esas mismas tradiciones para señalar el carácter contingente tanto de las prácticas discursivas historiográficas como de las de los propios científicos.
De esta manera, Shapin abre el juego a un conjunto de interrogantes nuevos acerca de aspectos considerados por la historiografía tradicional de la ciencia como irrelevantes o periféricos. Para esas perspectivas historiográficas los espacios físicos y sociales en los que se desarrollaron las prácticas científicas del pasado carecen de significación a la hora de dar cuenta de la índole del conocimiento producido. Si en estas perspectivas la “des-localización” de la ciencia opera para sustentar su universalidad, el análisis local de la producción de conocimiento experimental en la Inglaterra del siglo XVII permite a Shapin mostrar cómo los espacios físicos, los espacios sociales y la confiabilidad del conocimiento producido se construyeron conjuntamente. El laboratorio en sus comienzos ocupaba fundamentalmente las residencias privadas de los caballeros que se dedicaban a la elaboración de conocimiento experimental. Quienes accedían a esos espacios y atestiguaban los experimentos contribuían a la legitimación de tal conocimiento. La credibilidad del conocimiento experimental dependía no solo de la credibilidad de quienes producían el experimento sino de quienes accedían a presenciar la escena en un espacio que siendo privado se configuraba como público. El conocimiento experimental se construyó en la tensión entre la necesidad de de aumentar los testimonios y la necesidad de asegurar la credibilidad de los testigos a través de dispositivos de inclusión y exclusión en los lugares del experimento. La tecnología literaria que desplegó Boyle, sostiene Shapin, acercó la práctica científica a quienes tenían esos espacios vedados pretendiendo disolver esa tensión. Así, en el siglo XVII inglés los espacios físicos y los simbólicos se enlazaron de manera indisoluble con las prácticas sociales de credibilidad y legitimación.
Dispositivos semejantes actuaron asegurando la idea de la excepcionalidad del científico y de su producción teórica, idea predominante en los trabajos historiográficos. La soledad, el ascetismo, la abstinencia y el ensimismamiento operaron para representar la incorporeidad tanto del científico como del conocimiento que produce, bajo la aceptación de la idea dominante de que existía un vínculo causal entre las cualidades del cuerpo y de la mente. Sin embargo, afirma el autor, fueron personas encarnadas las que construyeron esos repertorios para mostrar la verdad, la objetividad, la potencia del conocimiento y su necesaria escisión de la sociedad. Fue Robert Boyle quien configuró su propia identidad como filósofo experimental al mismo tiempo que constituyó la identidad del filósofo experimental en el siglo XVII inglés. De los repertorios culturales disponibles, Boyle señaló las cualidades de integridad e independencia que le correspondía en tanto virtuoso cristiano y caballero inglés como las esenciales para instituir al filósofo experimental en vocero de la verdad. También fueron personas encarnadas quienes en el siglo XX desecharon ser rotuladas como “personas especiales que habitan cuerpos especiales” o constituir su identidad sobre su virtud y la heroicidad de la negación de sus cuerpos. La noción de experticia permitió a los científicos presentarse como personas que saben más y no como personas que saben de modo diferente. De manera constante, frente al esencialismo que propone la historiografía tradicional de la ciencia, contrapone los análisis de casos locales a partir de los cuales es posible revisar los supuestos y compromisos teóricos asumidos.
El segundo volumen se completa con un conjunto de trabajos que exploran como núcleo controversial los cuerpos de conocimientos experto y lego. Nuevamente, frente al reconocimiento generalizado de que a partir de la Revolución científica se produjo una desligitimación del conocimiento lego ante el poder del conocimiento experto de penetrar las estructuras físicas del mundo inaccesibles a la experiencia común, Shapin propone refinar los términos del análisis: la ciencia contra el sentido común no son términos comparativos pertinentes. Aborda el examen de la dietética médica de la modernidad como un campo de disputas entre los médicos, que buscaban la legitimación de sus conocimientos expertos, y los legos, que defendían su autoconocimiento corporal como un recurso más poderoso que el conocimiento médico abstracto.
Shapin propone refinar los términos del análisis: la ciencia contra el sentido común no son términos comparativos pertinentes.
Siguiendo la misma controversia, señala asimismo el corpus de los proverbios para revertir la habitual referencia a estos como un dispositivo para exaltar el discurso científico en detrimento de la superficialidad y la incoherencia del conocimiento vulgar. Con este propósito, despliega un examen minucioso de los proverbios para retornar de de otro modo a la distinción entre ciencia y sentido común: comprender el sentido común puede ser una herramienta fructífera en la comprensión de la ciencia. Destaca las virtudes epistémicas de los proverbios: la robustez mnemotécnica de las estructuras lingüísticas proverbiales; la autorreferencialidad y la consecuente capacidad de crear la realidad cultural que describen; desde el punto de vista semántico, son cambiantes y muy adaptables a situaciones diferentes y, por último, son difíciles de refutar. Sin embargo, ninguna de estas virtudes ha sido ponderada toda vez que se compararon los proverbios con las proposiciones científicas o filosóficas. No obstante en las prácticas expertas es posible hallar formas lingüísticas con los mismos roles que los proverbios u otros géneros cortos del sentido común. Lejos de querer borrar los límites entre ciencia y sentido común, su análisis de las economías proverbiales refuerza nuevamente la invocación a reflexionar acerca de las simplificaciones y las desigualdades comparativas en que se ha incurrido. Un camino superador se orienta a refinar las categorías de análisis, proponer distinciones locales más que dicotomías omnicomprensivas.
Nunca pura constituye la mejor puerta de entrada de la obra de Shapin para quienes aún no lo conocen y una obra imprescindible para quienes seguimos los desarrollos de la sociología e historia del conocimiento científico.
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